Con solo una llamada

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Patricia Gómez Santiago

Con solo una llamada

En los conflictos de familia, la verdadera batalla no siempre se libra por la custodia o el dinero. A menudo, la guerra se esconde en los detalles más pequeños del día a día: una llamada que no se devuelve, un mensaje sin respuesta, o un teléfono móvil que, en lugar de conectar, se convierte en un muro. Es en ese campo de batalla donde los hijos, sin quererlo, quedan atrapados.

Este fue el escenario que llevó a un padre a solicitar la intervención del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción nº 1 de Coslada, en un procedimiento de ejecución (Ejecución de Familia 200/2024). El conflicto surgía del incumplimiento de un régimen de comunicaciones fijado en una sentencia del año 2021, que ya había sido matizada por la Audiencia Provincial en noviembre de ese mismo año.

En un Auto fechado el 17 de diciembre de 2024, el juzgado tomó cartas en el asunto. Ordenó a la madre que garantizara una comunicación libre y fluida entre la hija y su padre. La resolución fue tan concreta que autorizó expresamente a la menor a llevar consigo un teléfono móvil o un reloj inteligente para poder llamar a su padre cuando lo necesitara o, simplemente, cuando le apeteciera.

Pero el auto no se quedó ahí. Abordó también la falta de coordinación parental, otro de los grandes focos de conflicto. Exigió que se mantuviera informado al otro progenitor sobre cuestiones cotidianas de los hijos y, de forma significativa, pidió que se priorizara la relación directa con los padres frente a la intervención constante de terceras personas en sus rutinas.

Este tipo de decisiones judiciales son un reflejo de lo que ocurre a diario en los juzgados de familia: cuando la comunicación entre los adultos se rompe, los hijos se convierten en el epicentro del conflicto. Y aunque un juez puede establecer normas y exigir su cumplimiento, la verdadera solución rara vez se encuentra en una sentencia.

La experiencia demuestra que los grandes beneficiados son siempre los menores cuando sus padres logran aparcar sus diferencias y poner por delante las necesidades emocionales de sus hijos. A veces, un gesto tan simple como facilitar una llamada puede desactivar una guerra y evitar que los hijos tengan que elegir bando. Porque en el derecho de familia, a menudo, los pequeños gestos son los que protegen lo más grande.